Contrariamente al tono general triunfante, positivo y optimista —Orgulloso es un buen ejemplo de esa positividad— de la grandísima mayoría de los artículos de este blog pedestre —en sus tres primeras acepciones, pero también, sin duda, en la cuarta—, toca esta vez una entrada de corte gris, negativo y derrotista —o, tal vez, más bien, realista— tras un enervante y agobiante juego de segundos saldado otra vez en mi contra el pasado día 30, primer domingo de Adviento, en el III Medio Maratón Concello de Vilagarcía.
He participado en muchas carreras —los triatlones sprint y los de distancia olímpica o las pruebas del circuito RunRun Vigo son buen ejemplo— a las que he ido simplemente por hacer deporte, por cumplir aquello tan socorrido de «lo importante es participar», y en las que lo único que me proponía era hacerlo lo mejor posible y divertirme y disfrutar al máximo —disfrutar sufriendo, sí— dentro de mis posibilidades. Pero para el domingo 30 en Vilagarcía, como siempre que he seguido fielmente un plan de entrenamiento sistemático durante bastantes semanas, incluso meses, me había trazado tres objetivos:
- Objetivo A: bajar de los 90 minutos, meta que solo había alcanzado una vez, en el Medio Maratón de Vigo de 2019, con un crono neto oficial de 1:29:56.
- Objetivo B: desafiar al reloj que uso a diario y con el que registro todas y cada una de mis sesiones de entrenamiento y absolutamente toda mi actividad física: peso, pulsaciones, variabilidad cardiaca, horas de sueño, carga de entrenamiento, cadencia, longitud y altura de las zancadas, y un largo etcétera. Como este inquisidor implacable me conoce mejor que la madre que me parió, el muy condenado había vaticinado, como se puede ver en la imagen siguiente, que estaba facultado para correr un medio maratón en 1:31:40, a un ritmo de 4:21 minutos por kilómetro... he aquí el único rayo de luz de esta publicación: triunfé en este desafío B y le quité la razón por 36 segundos.
- Objetivo C: terminar la prueba habiendo completado todos los metros a la carrera, al trote o al galope, pero sin detenerme a caminar ni uno solo y, lo que es más importante, sin retirarme ni, mucho menos, lesionarme.
Con un crono neto de 1:31:04, con 65 segundos de retraso sobre mi objetivo principal, esta vez no ha podido ser y, a pesar de todas las felicitaciones, ánimos y elogios recibidos —también hubo quien diplomáticamente me dio a entender que, a mi edad provecta e co meu corpo, bien me podía dar con un canto en los dientes—, no puedo evitar sentirme decepcionado y derrotado con este resultado. Lo que uno espera es una marca que constituya una recompensa por todos los sacrificios y esfuerzos que uno ha hecho durante tantas semanas de entrenamiento y esta vez ese resultado no ha llegado... por 65 míseros segundos, sí, pero no se ha dado y, por tanto, no me siento recompensado.
Me queda el consuelo, eso sí, de haberme entregado, dado absolutamente todo y puedo recurrir al Quijote —sin ninguna reinterpretación de nuestros días, innecesaria, con perspectiva bastarda e ilegítima— y repetir aquello de «si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo». Y de hecho, me vacié de tal manera que, tras cruzar la línea de meta, me flaquearon algo las piernas y a punto estuve de dejarme caer al suelo, exhausto y medio mareado, sensación que solo había experimentado al traspasar la meta del maratón de València de 2021.
Como en el medio maratón de Vigo de exactamente dos semanas antes, uno de los motivos a los que acaso se podría achacar mi tentativa fallida es haber intentado seguir el ritmo de las liebres, a mi entender —y como comentaron al menos otros dos participantes que corrían próximos a mí— entre 6 y 8 segundos por kilómetro excesivamente veloz durante el primer tercio de la carrera. Ellos sabrán por qué se conducen así, para eso son los peritos y yo solo un ignorante con poquísima experiencia... Ya me lo había advertido hace unas semanas Lee Grantham en su vídeo Why following the 3-Hour pacer destroys most marathons, y no quise hacerle caso. Otro motivo, tal vez, pudo haber sido el descanso escaso de las noches anteriores. Chi lo sá?
Caigo en la cuenta, además, de que en todas las veces en las que lo he intentado he sido incapaz de seguir a una liebre y he fracasado en mis objetivos, y que cuando mejor me han salido las cosas es cuando he ido por mi cuenta, administrándome y racionándome yo solito. Me percato también, ahora que me he sentado a recapitular y escribir estas líneas, que en cada ocasión en que me he trazado objetivos y marcas concretas el resultado siempre ha sido un «casi», un «por poco»... de falta de ambición e ilusión no se me podrá acusar.
Por todo lo contado hasta ahora, me parece que ha llegado la hora de renunciar a esa marca de la hora y media, para mí esquiva, en el medio maratón. Haré un último intento, un last dance, por bajar de 3 horas y 15 minutos —otra marca terca que se me resiste— en algún maratón de los de primavera o de otoño de 2026 y, a partir de ahí, me abstendré de participar en más carreras a ritmos atrozmente rigurosos para mis exiguas cualidades físicas y dejaré también de seguir fiel y exhaustivamente más planes de entrenamiento tan exigentes y onerosos, tanto en lo físico como en lo mental. Tocará disfrutar sin más.
Porque (non) podo.
P.S.: clasificado en el puesto 299.º de 614 corredores que terminaron la prueba y 18.º de 57 hombres de mi categoría —máster 3: de 50 a 59 años— que entraron en meta, estos fueron mis números exiguos en el medio maratón de Vilagarcía del domingo 30 de noviembre de 2025:



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